Reflexiones: cuentos,
poemas y otras joyas
editora: Dra. Priscilla Gac-Artigas
Nuestra lengua
Octavio Paz
Extraído de La Jornada, México, martes 8 de abril
de 1997
-
Las vocaciones son misteriosas: ¿por qué aquél dibuja
incansablemente en su cuaderno escolar, el otro hace barquitos o aviones
de papel, el de mas allá construye canales y túneles en el
jardín, o ciudades de arena en la playa, el otro forma equipos de
futbolistas y capitanea bandas de exploradores o se encierra solo a resolver
interminables rompecabezas? Nadie lo sabe a ciencia cierta; lo que sabemos
es que esas inclinaciones y aficiones se convierten, con los años,
en oficios, profesiones y destinos. El misterio de la vocación poética
no es menos sino más enigmático: comienza con un amor inusitado
por las palabras, por su color, su sonido, su brillo y el abanico de significados
que muestran cuando, al decirlas, pensamos en ellas y en lo que decimos.
Este amor no tarda en convertirse en fascinación por el reverso
del lenguaje, el silencio. Cada palabra, al mismo tiempo, dice y calla
algo. Saberlo es lo que distingue al poeta de otros enamorados de la palabra,
como los oradores o los que practican las artes sutiles de la conversación.
A diferencia de esos maestros del lenguaje, al poeta lo conocemos tanto
por sus palabras como por sus silencios. Desde el principio el poeta sabe,
oscuramente, que el silencio es inseparable de la palabra: es su tumba
y su matriz, la tierra que lo entierra y la tierra donde germina. Los hombres
somos hijos de la palabra. Ella es nuestra creación; también
es nuestra creadora: sin ella no seriamos hombres. A su vez la palabra
es hija del silencio: nace de sus profundidades, aparece por un instante
y regresa a sus abismos.
Lo que acabo de decir puede parecer demasiado abstracto pero no lo
es. Mi experiencia personal y, me atrevo a pensarlo, la de todos los poetas,
confirma el doble sentimiento que me ata, desde mi adolescencia, al idioma
que hablo. Mis años de peregrinación y vagabundeo por las
selvas y las ciudades de la palabra son inseparables de mis travesías
por los desiertos, océanos y arenales del silencio. Las semillas
de las palabras caen en la tierra del silencio y la cubren con una vegetación
a veces delirante y otras geométrica. Mi amor por la palabra comenzó
cuando oí hablar a mi abuelo y cantar a mi madre, pero también
cuando los oí callar y quise descifrar o, mas exactamente, deletrear
su silencio. Las dos experiencias forman el nudo de que esta hecha la convivencia
humana: el decir y el escuchar. Por esto el amor a nuestra lengua, que
es palabra y silencio, se confunde con el amor a nuestra gente, a nuestros
muertos los silenciosos y a nuestros hijos que aprenden a hablar. Todas
las sociedades humanas comienzan y terminan con el intercambio verbal,
con el decir y el escuchar. La vida de cada hombre es un largo y doble
aprendizaje: saber decir y saber oír. El uno implica al otro: para
saber decir hay que aprender a escuchar. Empezamos escuchando a la gente
que nos rodea y así comenzamos a hablar con ellos y con nosotros
mismos. Pronto, el circulo se ensancha y abarca no solo a los vivos sino
a los muertos. Este aprendizaje insensiblemente nos inserta en una historia:
somos los descendientes no solo de una familia sino de un grupo, una tribu
o una nación. A su vez el pasado nos proyecta en el futuro: somos
los padres y los abuelos de otras generaciones que, a través de
nosotros, aprenderán el arte de la convivencia humana: saber decir
y saber escuchar. El lenguaje nos da el sentimiento y la conciencia de
pertenecer a una comunidad. El espacio se ensancha y el tiempo se alarga:
estamos unidos por la lengua a una tierra y a un tiempo. Somos una historia.
La experiencia que acabo toscamente de evocar es universal: pertenece
a todos los hombres y a todos los tiempos. Pero en el caso de las comunidades
de lengua castellana aparecen otras características que conviene
destacar. Para todos los hombres y mujeres de nuestra lengua la experiencia
de pertenecer a una comunidad lingüística esta unida a otra:
esa comunidad se extiende mas allá de las fronteras nacionales.
Trátese de un argentino o de un español, de un chileno o
de un mexicano, todos sabemos desde nuestra niñez que nuestra lengua
nacional es también la de otras naciones. Y hay algo mas y no menos
decisivo: nuestra lengua nació en otro continente, en España,
hace muchos siglos. El castellano no solo trasciende las fronteras geográficas
sino las históricas: se hablaba antes de que nosotros, los hispanoamericanos,
tuviésemos existencia histórica definida. En cierto modo,
la lengua nos fundo o, al menos, hizo posible nuestro nacimiento como naciones.
Sin ella, nuestros pueblos no existirían o serian algo muy distinto
a lo que son. El español nació en una región de la
península ibérica y su historia, desde la Edad Media hasta
el siglo XVI, fue la de una nación europea. Todo cambio con la aparición
de América en el horizonte de España. El español del
siglo XX no seria lo que es sin la influencia creadora de los pueblos americanos
con sus diversas historias, psicologías y culturas. El castellano
fue trasplantado a tierras americanas hace ya cinco siglos y se ha convertido
en la lengua de millones de personas. Ha experimentado cambios inmensos
y, sin embargo, sustancialmente, sigue siendo el mismo. El español
del siglo XX, el que se habla y se escribe en Hispanoamérica y en
España, es muchos españoles, cada uno distinto y único,
con su genio propio; no obstante, es el mismo en Sevilla, Santiago o La
Habana. No es muchos arboles: es un solo árbol pero inmenso, con
un follaje rico y variado, bajo el que verdean y florecen muchas ramas
y ramajes. Cada uno de nosotros, los que hablamos español, es una
hoja de ese árbol. Pero realmente hablamos nuestra lengua? Mas exacto
seria decir que ella habla a través de nosotros. Los que hoy hablamos
castellano somos una palpitación en el fluir milenario de nuestra
lengua.
Se dice con frecuencia que la misión del escritor es expresar
la realidad de su mundo y su gente. Es cierto pero hay que añadir
que, mas que expresar, el escritor explora su realidad, la suya propia
y la de su tiempo. Su exploración comienza y termina con el lenguaje:
que dice realmente la gente? El poeta y el novelista descifran el habla
colectiva y descubren la verdad escondida de aquello que decimos y de aquello
que callamos. El escritor dice, literalmente, lo indecible, lo no dicho,
lo que nadie quiere o puede decir. De ahí que todas las grandes
obras literarias sean cables de alta tensión no eléctrica
sino moral, estética y critica. Su energía es destructora
y creadora pues sus poderes de reconciliación con la terrible realidad
humana no son menos poderosos que su potencia subversiva. La gran literatura
es generosa, cicatriza todas las heridas, cura todas las llagas y aun en
los momentos de humor mas negro dice si a la vida. Pero hay mas. Explorar
la realidad humana, revelarla y reconciliarnos con nuestro destino terrestre,
solo es la mitad de la tarea del escritor: el poeta y el novelista son
inventores, creadores de realidades. El poema, el cuento, la novela, la
tragedia y la comedia son, en el sentido propio de la palabra, fábulas:
historias maravillosas en las que lo real y lo irreal se enlazan y se confunden.
Los gigantes que derriban a Don Quijote son molinos de viento y, simultáneamente,
tienen la realidad terrible de los gigantes. Son invenciones literarias
que nublan o disipan las fronteras entre ficción y realidad. La
ironía del escritor destila irrealidad en lo real, realidad en lo
irreal. La literatura de nuestra lengua, desde su nacimiento hasta nuestros
días, ha sido una incesante invención de fábulas que
son reales aun en su misma irrealidad. Menéndez Pidal decía
que el realismo era el rasgo que distinguía a la épica medieval
española de la del resto de Europa. Verdad parcial y de la que me
atrevo a disentir: en el realismo español, aun el mas brutal, hay
siempre una veta de fantasía.
La lengua es mas vasta que la literatura. Es su origen, su manantial
y su condición misma de existencia; sin lengua no habría
literatura. El castellano contiene a todas las obras que se han escrito
en nuestro idioma, desde las canciones de gesta y los romances a las novelas
y poemas contemporáneos; también a las que mañana
escribirán unos autores que aun no nacen. Muchas naciones hablan
el idioma castellano y lo identifican como su lengua maternal; sin embargo,
ninguno de esos pueblos tiene derechos de exclusividad y menos aun de propiedad.
La lengua es de todos y de nadie. Y las normas que la rigen? Si, nuestra
lengua, como todas, posee un conjunto de reglas pero esas reglas son flexibles
y están sujetas a los usos y a las costumbres: el idioma que hablan
los argentinos no es menos legitimo que el de los españoles, los
peruanos, los venezolanos o los cubanos. Aunque todas esas hablas tienen
características propias, sus singularidades y sus modismos se resuelven
al fin en unidad. El idioma vive en perpetuo cambio y movimiento; esos
cambios aseguran su continuidad y ese movimiento su permanencia. Gracias
a sus variaciones, el español sigue siendo una lengua universal,
capaz de albergar las singularidades y el genio de muchos pueblos.
Tal vez sea oportuno señalar aquí, de paso, que precisamente
la inmensa capacidad de cambio que posee el lenguaje humano le de un lugar
único en los sistemas de comunicación del universo, desde
los de las células a los de los átomos y los astros. Hasta
donde sabemos esos sistemas son circuitos cerrados; entre la transformación
de los glóbulos rojos en blancos y viceversa, en la circulación
de la sangre, y la de los planetas alrededor del sol, por ejemplo, no hay,
en el sentido propio de la palabra, comunicación. Cada sistema,
además, obedece a un programa fijo y sin variaciones. Trátese
de la información genética o de las numerosas interacciones
entre las partículas elementales o en los sistemas solares que contiene
el universo, los mensajes y sus modos de transmisión son siempre
los mismos. Cierto, todos los sistemas conocen mutaciones --su función,
justamente, en la mayoría de los casos, consiste en causarlas o
producirlas-- pero esos cambios son parte del sistema o se integran a el
rápidamente. Cualesquiera que sean su duración y sus mutaciones,
los sistemas no tienen historia. Ocurre lo contrario con el lenguaje humano:
su proceso es imprevisible y no esta fijado de antemano; es una diaria
invención, el resultado de una continua adaptación a las
circunstancias y a los cambios de aquellos que, al usarlo, lo inventan:
los hombres.
El lenguaje humano esta abierto al universo y es uno de sus productos
prodigiosos pero igualmente, por si mismo, es un universo. Si queremos
pensar o vislumbrar siquiera al universo, tenemos que hacerlo a través
del lenguaje. La palabra es nuestra morada: en ella nacimos y en ella moriremos.
Ella nos reúne y nos da conciencia de lo que somos y de nuestra
historia. Acorta las distancias que nos separan y atenúa las diferencias
que nos oponen. Nos junta pero no nos asila: sus muros son transparentes
y a través de esas paredes diáfanas vemos al mundo y conocemos
a los hombres que hablan en otras lenguas. A veces logramos entendernos
con ellos y así nos enriquecemos espiritualmente. Nos reconocemos
incluso en lo que nos separa del resto de los hombres; estas diferencias
nos muestran la increíble diversidad de la especie humana y, simultáneamente,
su unidad esencial. Descubrimos así una verdad simple o doble: primero,
somos una comunidad de pueblos que habla la misma lengua y, segundo, hablarla
es una manera entre muchas de ser hombre. La lengua es un signo, el signo
mayor, de nuestra condición humana.
Volver a cuentos
Volver a la página principal